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7 jul. 2010

GIUSEPPINA STREPPONI – UNA MUJER EXTRAVIADA

El Ingeniero Guillermo Rucci en el 143 aniversario de la Operaria Italiana de Chivilcoy presentó una conferencia audiovisual titulada La Mujer Italiana de Roma a la Actualidad. Pequeñas historia de mujeres que hicieron historia. En ella presentó las biografías de mujeres italianas de renombre en la Historia y que yo a través de otros blogs, páginas web y libros he recopilado.

GIUSEPPINA STREPPONI – UNA MUJER EXTRAVIADA

Giuseppina Strepponi, nacida en Lodi el 8 de setiembre de 1815, era hija de un compositor de ópera. A los quince años ingresó en el Conservatorio de Milán, donde estudió canto y, con tan sólo veinte, debutó en Trieste en Matilde de Shabran de Rossini, llamando de inmediato la atención de la crítica. Por ejemplo, “Il gondoliere” de Venecia escribe el 11 de noviembre de 1835: “Voz límpida, penetrante, delicada, acción convincente, figura agraciada. A las numerosas virtudes que la Naturaleza le donó generosamente, se le añade la ciencia del canto en la que ha salido excelente. La misma, en breve plazo, la hará resplandecer entre los astros más luminosos del Teatro Italiano”. Strepponi entra en la biografía de Verdi, en 1839, cuando ya era una cantante famosa y le recomienda al empresario Merelli que represente en el Teatro de La Scala la ópera del desconocido maestro de Busseto, Oberto conde de San Bonifacio. En 1842 hace el papel de Abigaille en el estreno triunfal de Nabucco. Mas el único problema de la inolvidable velada lo causó precisamente la interpretación de Strepponi, cuya voz empezaba a declinar, acaso, como consecuencia de la mole de trabajo que la cantante aceptaba para mantener a su familia, completamente a su cargo, después de la muerte prematura del padre. Un crítico escribe: “Por lo que atañe a la acción y al canto, esa buena artista ha hecho milagros, pero su voz necesita reposar y nosotros le rogamos que lo haga, por su bien y por el nuestro, porque deseamos tener en el escenario por mucho tiempo más a una cantante a la que tanto y por tan sobradas razones aplaudimos”.
La joven soprano tenía una vida privada particularmente borrascosa, complicada por la infeliz relación con el tenor Napoleone Moriani y las preocupaciones por sus dos hijos ilegítimos, de cuyo sustento se encargaba ella sola. El continuo deterioro de las cuerdas vocales la obligó a espaciar sus compromisos y la empujó hacia un melancólico ocaso, hacia actuaciones en plazas menores y periféricas, hasta que se vio forzada a ponerle fin a su carrera en el mes de enero de 1846, en Módena, con el Nabucco.
La relación entre Verdi y Strepponi se había de formalizar el 29 de agosto de 1859, cuando se casan en la iglesia de Collonges-sous-Salève, en Saboya, con el campanero y el cochero, como únicos testigos de la boda. Durante los cincuenta años que vivieron juntos, entre la finca de Santa Ágata y la residencia invernal de Génova, en el Palacio Sauli Pallavicino, el amor de Giuseppina siempre se mantuvo constante. De entre los numerosos testimonios, cabe mencionar una carta del 5 de diciembre de 1860: “Te lo juro, y a ti no te costará creerlo: ¡yo muchas veces me sorprendo casi de que tú sepas música! Aunque este arte sea divino y aunque tu genio sea digno del arte que profesas, el talismán que me fascina y que yo adoro en ti, es tu carácter, es tu honor, tu indulgencia hacia los errores de los demás, mientras que tú eres tan exigente contigo mismo. Tu caridad llena de pudor y de misterio, tu orgullosa independencia y tu sencillez de niño, cualidades, precisamente, de esa naturaleza tuya que supo conservar la salvaje virginidad de las ideas y de los sentimientos en medio de la cloaca humana. ¡Oh, Verdi mío, yo no soy digna de ti! Tu amor por mí es caridad, es un bálsamo para un corazón que, a veces, se pone muy triste, bajo las apariencias de la alegría. ¡Sigue queriéndome! ¡Quiéreme incluso después de que me muera, para que me presente ante la Justicia Divina, rica en tu amor y tus plegarias, oh, mi Redentor!”. La inteligencia y el elevado temple moral de esta mujer extraordinaria se pueden vislumbrar en otra carta, que revela también cuan profundamente analizaba las cosas humanas: “Nuestra juventud pasó, pero nosotros, para nosotros mismos, seguimos siendo el mundo y vemos con enorme compasión a todos los fantoches humanos que se excitan, que corren, se trepan, se arrastran, se golpean, se esconden y vuelven a aparecer. Y todo ello, para intentar ubicarse, disfrazados, en el primer escalón, o en los primeros escalones de la gran mascarada social. En esta convulsión perpetua llegan al final y se sorprenden porque no gozaron nada, porque no tienen nada sincero, ni desinteresado que los consuele en la última hora y anhelan, demasiado tarde, esa paz, que me parece el primero de los bienes de la tierra, pero que ellos despreciaron toda la vida, para abrazar las quimeras de la vanidad”.
Entonces se radicó en París, donde se puso a dar clases de canto. Aquí la volvió a encontrar Verdi, en 1847, cuando viajó a la capital francesa para refundir Los lombardos. La caligrafía de Giuseppina se reconoce en la partitura manuscrita de la nueva ópera, Jerusalén, y es la prueba de la invalorable ayuda que ella le dio en esa ocasión, así como de una unión que ya se iba consolidando. En efecto, desde ese momento, Strepponi se convertiría en la compañera inseparable del maestro. Mas esta relación tenía que chocar contra la gazmoñería decimonónica y, cuando a principios de setiembre de 1849, Giuseppina Strepponi se trasladó a Busseto y fue a vivir con Verdi, de inmediato, se pusieron en marcha las habladurías y la curiosidad indiscreta de la gente, que se cebaba en una mujer de pasado turbulento. Verdi, por su parte, le aclaró la situación de entrada al único bussetano que le interesaba: su ex suegro y benefactor, Antonio Barezzi: “En mi casa vive una Señora, libre e independiente, amante como yo de la vida solitaria, con una fortuna que la pone al abrigo de todas las necesidades. Ni ella ni yo tenemos que rendirle cuentas a nadie de nuestras acciones [...]. Yo diré que a ella, en mi casa, se le debe el mismo respeto, o, mejor dicho, más respeto que a mí, y a nadie le permitiré que se lo falte, por ningún motivo. Porque ella se merece todo el respeto, por su conducta y por su espíritu y por la consideración especial que siempre manifiesta hacia los demás ”. Strepponi, con su gran experiencia de cantante, se transforma en una colaboradora valiosa y de toda confianza, pródiga en consejos y sugerencias. Giuseppina misma describe su aportación fundamental, en una carta que escribiera a Verdi el 3 enero de 1853: “¿Y tú aún no has escrito nada? ¿Ves? No tienes a tu pobre Livello [en el dialecto de Lodi: persona molesta], en un rincón de la habitación, acurrucado en un sillón, diciéndote: “Eso es muy bonito, mago; eso no. Para; repite; eso es original.Ahora sin este pobre Livello, Dios te castiga y te obliga a esperar y a que te devanes los sesos, antes de que se abran las puertas de tu cabeza, para que salgan tus magníficas ideas musicales ”.
La vida familiar de los cónyuges Verdi se vio alegrada por la presencia de muchos animales, entre los que se destaca, en particular, el amado perrito Spaniel Lulù, cuya muerte sumió en el dolor a ambos. Hasta tal punto, que mandaron construir en Santa Ágata una tumba para el animalito, con el siguiente epitafio: “En recuerdo de un amigo de verdad”. La larga y feliz unión de los esposos concluyó el 14 de noviembre de 1897, cuando Giuseppina murió en Santa Ágata, dejando al anciano maestro solo con Filomena, una parienta lejana, a quien los Verdi rebautizaron María, adoptándola en 1867, a los siete años de edad, para que creciera en su casa como una hija.

Fuente: http://www.internetculturale.it/genera.jsp?id=514&l=es

1 comentarios:

Otto Stier dijo...

Este año se cumplen 200 años del nacimiento del maestro Verdi, el cual, gracias a blog como este, aún no ha muerto!

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